Acabo de cerrar la puerta de la casa.
Por las noches solía pasar el enorme pestillo
Que me ponía a salvo de la oscuridad
De los pavos negros
que graznaban en el corral.
Yo era para entonces un niño asustado
Bajo la mesa
En una casa vacía de otros niños,
Por las paredes verdes corrían elefantes de alambre
Y mariposas de plumas,
Y en el techo había una puerta que daba directo al
cielo.
Yo pase mi infancia encerrado en esa casa muerta
Llena de fantasmas,
Por las noches leía bajo la mesa
Hasta perder el conocimiento,
Sin perturbar a quien se levantaba de la cama
Y arrastraba los pies hasta la cocina,
O a quien se quejaba de muerte
En la habitación.
Allí aprendí a amar y ser feliz,
Por las noches,
Encerrado con todos los fantasmas
De la casa,
Aprendí a amar la soledad
Y a odiar el amor.
Aprendí a martillar las ventanas
A responder a mi propio yo.
Acabo de cerrar la puerta,
He vuelto a ser el niño solitario
Escondido bajo la sombra de la noche,
Temblando de frio.
Ahora que recuerdo,
Nadie volvió por mí,
Me quede allí hasta el día
En que rompí la puerta
Y escape del inframundo
De esa casa muerta.
Nadie cree en mi historia,
Nadie ha visto jamás aquella casa
Llena de fantasmas
Y animales exóticos,
Nadie ha visto jamás
Su puertita en el techo
Que da directo al cielo,
Ni han escuchado los pasos
De madrugada
De quien lamenta su agonía
Ni el llanto de una mujer de blanco
Que pasa por su patio,
Nadie sabe del enorme pestillo en la puerta
Ni del hocico del perro enterrado en la huerta,
Ni de los pavos vestidos de negro.
Ni del niño asustado
Que escribía versos
Bajo la mesa.
Esa casa alguna vez tuvo vida,
Bailaban en su sala,
La algarabía,
Los gritos embriagados de la gente,
El bombo y los platillos estremecieron
Su pasado
y un día todos se marcharon
para no volver.
Solía dejar la puerta abierta
Para que entraran sin llamar,
Con el tiempo me canse de esperar,
Las paredes se volvieron grises
Y las noches
eternas
Y el silencio agónico.
En aquella casa naufrague
A solas,
Cuando aún yo era un niño
Al que dieron por muerto.
Demasiado triste para un niño, pero pienso lejanamente en una alma sensible, incomprendida. No deja de ser un excelente poema, describe a la perfeccion las antiguas casonas de nuestra campiña.
ResponderEliminarSe que las casas vacías son refugió de espíritus inquietos que se niegan seguir su camino, por eso en cada noches de luna llena revolotean en las casas abandonadas, haciendo más triste el ladrido de los perros callejeros
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