Cuando recibas esta carta,
Yo habré bregado
la mitad de mi muerte
y mi camino
y mi andar y mi voz,
sólo contemplarás la huella de mi ayer,
y para entonces
seré el fantasma que tropieza en los balcones
y espanta a los niños
el secreto que degollarás
en tus noches de insomnio.
Yo andaré por los montes
buscando la noche
cantando mis versos
cerrado de negro,
sin nombre;
tú serás la madre ejemplar
y yo el niño malo que huyó de casa.
De tu libreta arrancarás la a de mi nombre
y empezarás al segundo día la historia
con tus amigos, tus citas,
tus urgencias,
sin alguien a en tu recuerdo.
Yo andaré por los montes
cerrándole el paso a la muerte,
sabiendo de fríos, de hierbas,
de causas llevadas a rastras
durante la noche,
sin amigos, ni citas,
con el único favor de estar cantando libre
junto a una luz enorme
que algún día alcanzarán a ver tus ojos.
Y aunque ese momento aún no llegue
tú dormirás y yo caminaré
arrastrando mi memoria.
Te fatigarás de calor
y yo humedeceré mi garganta
con la lluvia
y cuando llegue diciembre
golpeando las campanas
alguna historia inventarás
para quedarte en la ventana.
Yo a lo lejos pasaré
(a la distancia de la imaginación)
humeando el futuro,
escribiendo alguna nota marginal
en mi memoria.
Y después de esta guerra
volveré tan enorme como el sol
o quizá más enorme aún:
como la muerte.
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