La ciudad se ha quedado quieta
murmurando con un ruido
de máquina cómplice
como una vieja que se acuesta
y le palpitan las axilas.
La ciudad se ha quedado sorda
como una grieta oscura
por donde ha pasado un balazo:
Mataron a Paco, el de los reportes;
a Pepe Valdez el de los libros;
mataron a Chico Rizo, el de la tambora
y a su hermano Miguel.
Mataron a Carmelita, la que leía las cartas,
a doña Josefa
La mamá del loco que tumbó la estatua.
Mataron al cura Bernardo
por bautizar al hijo de Silvestre.
La ciudad se ha vuelto amarga
como un limón
viejo,
humor a soledad,
a libro guardado
En el recóndito laberinto de la ignorancia.
La ciudad
se ha quedado salpicada
de tanto trajín humano.
Mataron a Carlitos el de las adivinanzas,
a don Teofilo, el de las hierbas curativas
y a su hijo Hildebrand
el arquero del equipo.
Mataron a Rebeca, la que nos hizo brincar
el lindero que había entre los niños y los
hombres.
La ciudad se ha vuelto un charco inmundo y fétido
a corazón escamoteado,
donde la sangre se empantana
y chorrea por donde ni la liebre brinca.
Mataron a Jesús, el fotógrafo,
a Carolina, la maestra de química.
A Melquíades el sordito del parque
lo mataron por gusto;
al único que respetaron fue a don Pancho Córdova,
el viejo carpintero de ataúdes.
Angel García Núñez
En New York, 1997.